Familia
06/04/2026 00:30
La importancia de detectar cuándo un menor reprime sus emociones para no molestar a sus padres
La imagen de un niño que siempre obedece, que nunca se queja y que parece estar en un estado de calma permanente es, para muchos padres, el ideal de la crianza exitosa. Sin embargo, la psicóloga infantil Cristina Cortés advierte sobre los peligros ocultos tras esta aparente tranquilidad. En su amplia experiencia tratando el trauma y el apego, Cortés destaca que es extremadamente fácil confundir la calma con el bienestar real. Muchos menores adoptan este comportamiento como una estrategia de supervivencia emocional, aprendiendo a silenciar sus propias necesidades para no desbordar a sus cuidadores o para mantener una conexión que perciben como frágil. Estos niños denominados demasiado buenos están, en realidad, desconectados de su propio mundo interno y de sus emociones más básicas.
Según explica Cristina Cortés en sus diversas obras, como su reciente libro En este mismo instante, la represión sistemática de las emociones en la infancia tiene consecuencias graves a largo plazo en el desarrollo de la personalidad. Cuando un niño siente que sus emociones son secundarias o que pueden molestar a sus padres, comienza a construir una máscara de complacencia extrema. Este mecanismo busca evitar la angustia de las figuras de apego, pero a cambio, el niño sacrifica su propia identidad y su capacidad natural para regular sus estados afectivos. Este patrón de comportamiento puede derivar en adultos que no saben poner límites, que sufren de ansiedad crónica o que tienen dificultades severas para identificar lo que realmente sienten y desean en sus relaciones personales.
El trabajo de reparación del apego busca precisamente que estos niños y adultos puedan volver a conectar con su esencia más profunda. Es fundamental que los padres aprendan a mirar mucho más allá de la conducta superficial y se pregunten honestamente qué hay debajo de ese silencio o de esa obediencia absoluta. Fomentar un espacio seguro donde el niño se sienta con permiso para expresar su enfado, su tristeza o su frustración es vital para un desarrollo psicológico saludable. Como señala Cortés, el bienestar real no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de transitar por todas las emociones con el apoyo de una figura de referencia que valide y sostenga cada experiencia, permitiendo que el niño crezca sintiéndose visto, escuchado y comprendido en su totalidad.