Familia

13/10/2026 00:30

Pilar Cebrián: pedir perdón a un adolescente no resta autoridad, suma humanidad

La psicóloga analiza en su nuevo libro los desafíos de la convivencia y la importancia de la empatía en la etapa adolescente

Pilar Cebrián: pedir perdón a un adolescente no resta autoridad, suma humanidad

La adolescencia suele ser una de las etapas más complejas dentro del núcleo familiar. Según Pilar Cebrián, psicóloga y experta en conducta juvenil, existe un abismo comunicativo que se ensancha cuando los padres olvidan que ellos también atravesaron ese proceso de cambio. En su reciente obra, Querido hijo, me caes fatal, Cebrián aborda de manera cruda y realista los sentimientos de frustración que pueden surgir en los progenitores al lidiar con las actitudes disruptivas de sus hijos adolescentes. La especialista sostiene que el primer paso para mejorar la relación es reconocer que el cerebro adulto tiende a borrar los recuerdos de su propia rebeldía, lo que impide una conexión genuina con los jóvenes.

La importancia de la vulnerabilidad en la crianza

Uno de los mitos más persistentes en la educación de los hijos es que los padres deben mostrarse siempre infalibles. Pilar Cebrián desmonta esta idea al afirmar que pedir perdón a un adolescente no resta un ápice de autoridad. Al contrario, este gesto humaniza al adulto y establece un puente de confianza que difícilmente se logra mediante la imposición de normas sin diálogo. Mostrar vulnerabilidad permite que el menor comprenda que el error es parte del aprendizaje, fomentando un entorno donde la honestidad prevalece sobre el miedo al castigo.

La psicóloga destaca que los adolescentes atraviesan un momento de reseteo biológico y social. No saben quiénes son ni en qué lugar encajan, y es precisamente en ese momento de máxima incertidumbre cuando los padres suelen exigirles mayor responsabilidad y estabilidad emocional. Esta contradicción genera una presión añadida que suele derivar en conflictos constantes. Para Cebrián, el papel del adulto no debe ser el de un juez implacable, sino el de un guía que, desde la empatía, ayude al joven a navegar sus propias contradicciones sin sentirse juzgado constantemente.

Para mejorar la convivencia diaria, la autora sugiere aplicar una serie de estrategias centradas en la inteligencia emocional y la comunicación asertiva:

  • Practicar la escucha activa: Dejar que el adolescente se exprese sin interrumpir ni ofrecer soluciones inmediatas.
  • Validar sus emociones: Entender que su frustración, aunque parezca desproporcionada para el adulto, es real para ellos.
  • Negociar límites: Involucrar al joven en la creación de normas para que se sienta parte responsable de la estructura familiar.
  • Fomentar el tiempo de calidad: Buscar espacios de ocio comunes que no estén centrados en las obligaciones académicas o las tareas del hogar.

En conclusión, la adolescencia no tiene por qué ser una batalla de poder constante. Al integrar la humildad y el perdón dentro del estilo educativo, se transforma el conflicto en una oportunidad de crecimiento para ambas partes. Cebrián nos recuerda que el objetivo final no es solo que los hijos obedezcan, sino que se conviertan en adultos sanos, empáticos y capaces de gestionar sus propios errores, algo que solo se logra mediante un modelo de conducta coherente y humano.

Destacado