Exterior
13/08/2026 01:00
Los sobrevivientes del barrio Cuarto de Legua ruegan por clemencia climática mientras continúan las labores de rescate en la ciudad colombiana
La ciudad de Cali atraviesa sus horas más oscuras tras el violento terremoto que sacudió la región el lunes pasado, dejando una estela de destrucción que la capital del Valle del Cauca no recordaba en décadas. En el barrio Cuarto de Legua, la tragedia tiene un rostro palpable entre las montañas de ladrillos y varillas retorcidas que alguna vez conformaron un próspero edificio de siete pisos. Sin embargo, a la angustia por las pérdidas materiales y humanas se le ha sumado un nuevo enemigo: la amenaza del clima. Tras dos semanas de una sequía inusual que había facilitado inicialmente las labores de remoción de escombros, los pronósticos meteorológicos indican la llegada inminente de fuertes lluvias que podrían convertir la zona de desastre en un terreno intransitable y sumamente peligroso para los equipos de rescate y los voluntarios.
La mirada de los miles de sobrevivientes en Cuarto de Legua está fija en el cielo nublado que empieza a cubrir la ciudad. Para ellos, cada gota de lluvia representa un riesgo mortal. Las estructuras que aún se mantienen en pie tras el sismo han quedado estructuralmente comprometidas, y la saturación de agua en el suelo podría provocar colapsos en cadena que pongan en peligro las viviendas colindantes. Además, para los rescatistas que todavía albergan la esperanza de hallar señales de vida bajo las pesadas losas de concreto, la lluvia es el peor de los escenarios posibles. El agua filtra el polvo, volviendo los escombros mucho más pesados y compactos, lo que reduce drásticamente las bolsas de aire disponibles para posibles sobrevivientes. Las autoridades de socorro han redoblado esfuerzos, trabajando turnos de 24 horas para avanzar lo máximo posible antes de que el primer aguacero caiga sobre la capital valluna.
La situación humanitaria es crítica en varios puntos de la ciudad. A pesar de la solidaridad demostrada por miles de ciudadanos que se han acercado a ofrecer comida y ropa, la logística de distribución se ve superada por la magnitud de la emergencia. El Gobierno nacional ha prometido ayudas económicas para la reconstrucción a largo plazo, pero en el corto plazo, la prioridad absoluta es la supervivencia básica frente a los elementos. Los vecinos, organizados en comités de vigilancia improvisados, intentan proteger lo poco que han podido rescatar de sus viviendas mientras las patrullas de la policía aseguran el perímetro. La vulnerabilidad de la ciudad ante desastres naturales ha quedado de manifiesto, y el clamor general es por una intervención estatal que no solo atienda la urgencia, sino que planifique una reconstrucción más segura. Por ahora, entre rezos y escombros, Cali ruega por un cielo despejado que les permita recuperar a sus seres queridos.