Ciencia
08/08/2026 00:30
Por qué los meses de vacaciones parecían interminables cuando éramos niños
La sensación nostálgica de que los veranos de la infancia duraban siglos es una experiencia compartida por casi todos los adultos. Sin embargo, al crecer, esos mismos meses parecen pasar en un abrir y cerrar de ojos, dejando una sensación de fugacidad. Esta diferencia en la percepción temporal no es una simple ilusión sin fundamento ni un fallo de la memoria, sino el resultado directo de procesos neurocognitivos complejos. Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica y especialista en desarrollo neurocognitivo, explica que el cerebro de un niño y el de un adulto procesan la realidad de maneras radicalmente distintas frente a los mismos estímulos externos.
Para un niño pequeño, el mundo es un lugar vasto y lleno de primeras veces. Observar una fila de hormigas caminando sobre la arena, sentir la textura rugosa de un palo o el impacto del viento en la cara son experiencias que demandan una atención plena y un procesamiento profundo. Cuando el cerebro recibe información nueva, estimulante y fascinante, registra una mayor cantidad de recuerdos detallados en la memoria a largo plazo. Desde la perspectiva de la neurociencia moderna, la riqueza de estas experiencias expande la percepción del tiempo. Cuantos más recuerdos nuevos y vívidos creamos, más largo nos parece el periodo transcurrido al mirar hacia atrás y evaluar la duración de un evento.
A diferencia de los niños, los adultos suelen vivir los periodos vacacionales de forma mucho más automática y rutinaria. Mientras un niño está completamente absorto en el momento presente, los padres suelen estar divididos mentalmente entre las tareas cotidianas, el uso de la tecnología y las preocupaciones sobre el futuro. Existen varios factores que influyen directamente en esta aceleración del tiempo percibido en la edad adulta:
Entender este fenómeno neuropsicológico es clave para mejorar nuestro bienestar general. Practicar la atención plena o el concepto de mindfulness puede ayudar a los adultos a recuperar parte de esa expansión temporal que sentíamos de niños. Al enfocarnos intencionalmente en las pequeñas novedades de cada jornada y reducir el automatismo, podemos ralentizar nuestro reloj interno y disfrutar de los veranos con la intensidad con la que lo hacíamos en nuestra niñez. La ciencia nos invita a volver a mirar el mundo con los ojos de un niño para estirar el tiempo y darle un sentido mucho más profundo a nuestras vivencias personales.