Ciencia
30/07/2026 12:12
El cambio climático y la acumulación de biomasa generan fuegos de sexta generación imposibles de controlar
A pesar de que las estadísticas oficiales muestran que el número total de conatos e incendios forestales en el sur de Europa ha disminuido un 40% en comparación con la media registrada entre 1981 y 2010, la superficie devorada por las llamas sigue alcanzando cifras preocupantes. España y Francia se encuentran actualmente en el epicentro de una nueva y peligrosa realidad ambiental: los megaincendios. Solo durante el pasado mes de julio, España ha contabilizado más de 150.000 hectáreas afectadas, una cifra que evidencia la creciente vulnerabilidad de nuestros ecosistemas ante el cambio climático y las condiciones meteorológicas extremas que definen el siglo XXI.
Los expertos en gestión de emergencias señalan una contradicción fundamental en las políticas actuales de extinción. Al ser cada vez más eficientes en sofocar rápidamente los pequeños focos, se produce un efecto secundario no deseado: la biomasa se acumula de forma masiva en los montes. Ramas secas, matorrales y troncos muertos permanecen en el terreno debido al abandono de las actividades rurales tradicionales y la falta de limpieza forestal. Cuando un incendio logra finalmente superar el control inicial en condiciones de calor extremo, este excedente de combustible alimenta llamas de una intensidad destructiva inusual, generando incendios que son técnicamente imposibles de controlar por los medios humanos.
Esta situación ha propiciado la aparición de los denominados incendios de sexta generación, fenómenos que liberan tanta energía que son capaces de modificar la atmósfera a su alrededor, creando nubes de humo y fuego conocidas como pirocúmulos. Estos eventos invalidan las tácticas tradicionales de extinción, poniendo en riesgo extremo la vida de los brigadistas y la seguridad de las poblaciones cercanas. La solución, según la comunidad científica, no reside exclusivamente en aumentar los medios técnicos de extinción, sino en una transformación profunda de la gestión forestal preventiva. Es urgente fomentar el pastoreo controlado, realizar quemas prescritas durante el invierno y crear paisajes resilientes que funcionen como cortafuegos naturales. Solo mediante la gestión activa del territorio se podrá mitigar el impacto de estos fuegos devastadores que amenazan gravemente la biodiversidad y la sostenibilidad de las áreas rurales en toda la cuenca mediterránea.