Ciencia
28/07/2026 10:00
El impacto de Chicxulub generó una capa térmica que convirtió la atmósfera en un horno letal para la vida terrestre
La desaparición de los dinosaurios, los gigantes que dominaron la Tierra durante más de 150 millones de años, sigue siendo uno de los eventos más estudiados por la ciencia moderna. Aunque existe un consenso general sobre el impacto de un asteroide masivo hace 66 millones de años en la península de Yucatán, los mecanismos exactos de la extinción masiva continúan siendo objeto de debate. Tradicionalmente, se ha planteado la hipótesis de un invierno nuclear prolongado debido al polvo bloqueando el sol. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el final pudo ser mucho más rápido y abrasador de lo que se pensaba originalmente, transformando el planeta en una auténtica parrilla global en cuestión de muy poco tiempo.
Un nuevo estudio propone que la inmensa cantidad de escombros y polvo lanzados a la atmósfera superior tras el choque no solo bloquearon la luz solar a largo plazo, sino que inicialmente actuaron como una manta térmica incandescente. Al reingresar en la atmósfera a velocidades extremas, estas partículas generaron una fricción tan intensa que elevaron la temperatura del aire a niveles insoportables. Este fenómeno habría provocado un pulso de calor masivo, sometiendo a los organismos en la superficie a una radiación térmica equivalente a estar dentro de un horno a máxima potencia. Para los grandes dinosaurios, que no tenían refugios subterráneos ni podían sumergirse en el agua rápidamente, las opciones de supervivencia fueron inexistentes.
Los científicos explican que esta fase de calentamiento extremo habría durado apenas unas horas, pero fue suficiente para aniquilar a la mayor parte de la megafauna terrestre. Aquellos animales que sobrevivieron a este primer día de infierno tuvieron que enfrentarse posteriormente a la falta de alimento y al enfriamiento global posterior. La combinación de estos factores explica por qué la extinción fue tan selectiva y letal. Este hallazgo subraya la vulnerabilidad de la biosfera ante eventos catastróficos de gran magnitud y redefine nuestra comprensión sobre la rapidez con la que un ecosistema global puede colapsar por completo ante un cambio físico drástico en su atmósfera.