Familia
02/07/2026 00:30
El terapeuta familiar analiza los desafíos de esta etapa vital y cómo mantener la calma durante la transformación de los hijos
La adolescencia suele ser percibida por muchas familias como una tormenta inesperada que altera por completo la paz del hogar. Como si de un caballo de Troya se tratara, esta etapa llega cargada de cambios físicos, hormonales y psicológicos que a menudo dejan a los padres desorientados y exhaustos. Aquel niño que antes buscaba refugio en los brazos de sus progenitores se transforma, casi sin previo aviso, en un joven que cuestiona la autoridad, busca soledad y parece vivir en un estado de irritabilidad permanente. Sin embargo, este proceso es una fase necesaria y saludable del desarrollo humano. Según el psicoterapeuta Antonio Ríos, especialista con más de tres décadas de trayectoria en terapia familiar, entender los mecanismos de esta transformación es el primer paso fundamental para sobrevivir a ella con éxito y sin dañar el vínculo.
En su reciente publicación, titulada La travesía de la adolescencia, Antonio Ríos propone un manual práctico para que los progenitores dejen de ver este periodo como una batalla campal y empiecen a verlo como un viaje de descubrimiento compartido. El experto señala que lo más positivo de la adolescencia es, precisamente, que tiene un final definido. Durante este trayecto, el papel de los padres debe mutar desde un control absoluto hacia un acompañamiento respetuoso y estratégico. El objetivo principal es ayudar a los jóvenes a encontrar su propia identidad y autonomía sin romper los lazos de confianza familiar. La clave reside en mantener la calma y evitar tomar los desplantes o las malas caras como un ataque personal, entendiéndolos como una manifestación de su necesidad biológica de diferenciación del núcleo familiar.
El desarrollo del córtex prefrontal durante la adolescencia explica gran parte de la impulsividad y la montaña rusa emocional que viven los jóvenes. Ríos insiste en que los adultos deben actuar como el cerebro auxiliar de sus hijos durante este tiempo, aportando la lógica, la perspectiva y la serenidad de las que ellos carecen momentáneamente debido a su desarrollo neurológico. No se trata de evitar que se equivoquen, sino de estar presentes para ayudarles a procesar esas equivocaciones de manera constructiva. Esta travesía requiere que los adultos revisen sus propias expectativas y miedos proyectados sobre sus hijos. Al entender que el comportamiento disruptivo es a menudo un grito por autonomía, los padres pueden responder con una firmeza cariñosa. Esta nueva perspectiva transforma la convivencia y permite que el hogar siga siendo un refugio seguro a pesar de las turbulencias externas del mundo adolescente.