Campo
28/06/2026 03:00
Entre Ríos enfrenta una reducción histórica en la cantidad de productores debido al alza del combustible y la ausencia de crédito
La producción de arroz en Argentina atraviesa uno de sus momentos más críticos en las últimas décadas. La combinación de un aumento desmedido en los costos de producción, la estabilidad estancada de los precios internacionales y la falta de herramientas financieras adecuadas ha generado un escenario de incertidumbre absoluta. Desde Entre Ríos, la principal provincia productora del país, las señales de alerta son claras: si no se implementan medidas de apoyo urgentes, una gran cantidad de productores tradicionales se verá obligada a abandonar la actividad en el ciclo actual.
El principal motor de la crisis actual es el incremento del precio del gasoil, un insumo básico y determinante para el cultivo de arroz, que requiere un uso intensivo de maquinaria y sistemas de riego por bombeo. Según informes locales, los productores planificaron la campaña anterior con un costo de combustible cercano a los $1600 por litro. Sin embargo, al momento de realizar la cosecha y enfrentar las obligaciones financieras, el precio trepó por encima de los $2400. Este desfase del 50% rompió cualquier previsión económica, dejando a muchas explotaciones sin el capital de trabajo necesario para la siguiente siembra.
A este problema se suma el desempeño negativo en el mercado externo. Un informe reciente elaborado por la Bolsa de Cereales de Buenos Aires para el Consejo Agroindustrial Argentino (CAA) revela cifras preocupantes:
Luciano Challio, referente de la Federación Agraria Argentina en San Salvador, ha manifestado que la situación es "bastante compleja". El arroz es un cultivo que no permite errores en la inversión inicial debido a su alto costo por hectárea. La falta de crédito bancario a tasas razonables impide que los pequeños y medianos productores puedan financiar la compra de semillas, fertilizantes y, sobre todo, el combustible necesario para mantener vivos los campos. Sin financiamiento, el riesgo de una caída drástica en el área sembrada es inminente.
La preocupación no es solo económica, sino también social. El abandono de la siembra por parte de pequeños establecimientos conlleva una concentración de la tierra en menos manos y la pérdida de empleo en las economías regionales. Los productores advierten que, de no mediar una intervención que estabilice los costos operativos o brinde liquidez al sector, el país podría perder una posición estratégica en el mercado global de granos, afectando directamente la entrada de divisas en un momento de fragilidad macroeconómica.