Campo
08/06/2026 03:00
El auge de la colza, la camelina y el cártamo transforma la producción agrícola hacia un modelo más sustentable y eficiente
La agricultura en Argentina se encuentra en un punto de inflexión histórico. La búsqueda constante de eficiencia productiva, sumada a las crecientes exigencias de los mercados internacionales respecto al cuidado del medio ambiente, ha impulsado el desarrollo de cultivos que antes se consideraban secundarios. En este escenario, las oleaginosas de invierno, como la colza, la camelina y el cártamo, han dejado de ser meras curiosidades agronómicas para convertirse en los pilares de una revolución productiva.
Durante décadas, el modelo agrícola argentino se centró en un esquema tradicional de soja y maíz, dejando grandes períodos del año con el suelo descubierto. Sin embargo, un informe reciente de la Bolsa de Comercio de Rosario revela un cambio de tendencia drástico: la superficie destinada a estas oleaginosas invernales pasó de apenas 30.000 hectáreas a superar las 170.000 hectáreas en un ciclo de solo tres años. Este crecimiento no es casualidad, sino que responde a una estrategia deliberada para intensificar los sistemas y mejorar la rentabilidad por unidad de superficie.
La adopción de estos cultivos permite a los productores obtener diversos beneficios estratégicos:
El impacto ambiental es un factor determinante en este nuevo modelo. Al mantener el suelo cubierto y con raíces activas durante todo el año, se reduce significativamente la erosión y se mejora la captura de carbono, alineando la producción local con los estándares globales de sustentabilidad más exigentes.
El interés global por el biodiésel de segunda generación y los combustibles sostenibles de aviación (SAF) ha posicionado a la camelina y a la colza como insumos estratégicos de alto valor. Argentina, con su vasta extensión de tierras y alta capacidad técnica, tiene la oportunidad de liderar este nicho de mercado. La integración de estos granos en la rotación habitual no solo beneficia al ecosistema del lote, sino que abre puertas a contratos de producción cerrada con primas de precio por certificación de sustentabilidad. En definitiva, la transformación del modelo productivo argentino hacia uno más intensivo y responsable es ya una realidad palpable en los campos, donde el invierno ya no es sinónimo de tierra en descanso, sino de una nueva oportunidad para generar valor agregado y divisas para el país.