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17/05/2026 13:38

El mito de la grasa y la energía en la nutrición de ganado bovino

Por qué un exceso de lípidos en la dieta puede perjudicar la producción de carne y leche

El mito de la grasa y la energía en la nutrición de ganado bovino

En el ámbito de la producción ganadera, existe una creencia muy arraigada sobre el rol de las grasas en la alimentación de los bovinos. Es habitual escuchar entre productores y asesores que la incorporación de concentrados o subproductos agroindustriales con altos niveles de lípidos, como el expeller o la torta de soja, resulta extremadamente beneficiosa por su aporte energético. Si bien esta afirmación posee una base técnica cierta, los expertos advierten que se trata de una verdad parcial que debe ser manejada con extrema cautela para no perjudicar la salud y la productividad del rodeo.

La lógica detrás de este mito se sustenta en el valor calórico de los nutrientes. Científicamente, se sabe que cada gramo de grasa aporta aproximadamente 9 calorías, lo cual es más del doble de lo que proveen los azúcares, los almidones o las proteínas, que rondan las 4 calorías por gramo. No obstante, en la nutrición de rumiantes, no todo se reduce a una suma aritmética de calorías. La eficiencia con la que el animal procesa esos nutrientes depende directamente de la salud de su ecosistema ruminal, donde el exceso de grasas puede actuar como un agente disruptivo.

Riesgos biológicos y productivos del exceso de lípidos

Cuando la dieta de un vacuno, ya sea destinado a la producción de carne o leche, supera ciertos límites de grasa, se desencadena una serie de efectos negativos en el sistema digestivo. El principal problema radica en que las grasas en exceso recubren la fibra del forraje (pasto, silaje o rollos), lo que impide que las bacterias del rumen puedan degradarla de manera eficiente. Como consecuencia, la digestión se vuelve excesivamente lenta y el alimento permanece más tiempo del debido en el tracto digestivo.

Este retraso en la digestión provoca una reducción inmediata en el consumo voluntario de alimentos por parte del animal. Al sentirse lleno debido a la lenta degradación de la fibra, el bovino deja de ingerir la cantidad necesaria de nutrientes totales, lo que paradójicamente termina disminuyendo la producción final de leche o la ganancia de peso vivo. Además del impacto directo en la producción, el exceso de grasas no protegidas en la dieta puede alterar diversos procesos fisiológicos, entre los que se destacan:

  • Desequilibrios metabólicos que afectan la salud general del animal.
  • Alteraciones en los ciclos reproductivos, dificultando la preñez.
  • Cambios hormonales que impactan en la calidad final de los productos obtenidos.
  • Reducción de la síntesis de proteína microbiana, esencial para el crecimiento y desarrollo.

Para evitar estos inconvenientes, es fundamental que los nutricionistas calculen con precisión la energía metabolizable de la dieta total. El uso de subproductos como el extrusado de soja o el girasol debe estar estrictamente regulado bajo parámetros profesionales. En un mercado global donde los precios de los granos muestran una alta volatilidad, optimizar cada gramo de alimento se vuelve una necesidad imperiosa. Por lo tanto, el objetivo no debe ser simplemente sumar grasa para aumentar la energía, sino buscar un equilibrio nutricional que respete la biología del rumiante y garantice la sostenibilidad económica del establecimiento ganadero.

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