Campo
16/05/2026 09:47
Intrigas y correspondencia en la Secretaría de Rosas
La historia de la zona rural argentina se construye a menudo a través de pequeños relatos y anécdotas que ocurren en la inmensidad de sus tierras. Uno de estos episodios curiosos tuvo lugar en la famosa Estancia San Martín, propiedad del influyente Juan Manuel de Rosas, hacia el año 1839. Este lugar, que usualmente se regía por la disciplina y el trabajo duro del campo bonaerense, se vio sacudido por un inesperado amorío que alteró la calma de sus habitantes y trabajadores. El recuerdo de estas historias suele venir acompañado de la poesía gauchesca, evocando versos sobre pialadores y amores que distraen al hombre de sus tareas habituales.
El escenario de este suceso contaba con protagonistas con nombre y apellido que quedaron registrados en los anales de la época. En aquel entonces, el mayordomo del establecimiento era Juan José Becar, mientras que el rol de capataz lo desempeñaba Dionisio Schoo. La vida en las estancias de Rosas no era solo una cuestión de producción ganadera o administración de recursos; formaba parte de una estructura política y social muy rígida donde cada movimiento era supervisado. Sin embargo, ni siquiera la estricta mirada del Restaurador podía evitar las complicaciones derivadas de las relaciones humanas y los romances que surgían en la cotidianidad del campo.
Los detalles de estos eventos han llegado hasta nuestros días gracias a los documentos cuidadosamente preservados en el Archivo General de la Nación. Específicamente, dentro de los folios que corresponden a la Secretaría de Rosas, se conserva una carta fundamental fechada el 7 de marzo de 1839. En esta misiva, el mayordomo Becar le enviaba a su patrón los informes periódicos sobre el estado del establecimiento, pero entre los datos técnicos se filtraban las tensiones generadas por este amorío. Los elementos clave de este contexto histórico son:
Este episodio nos permite observar una faceta distinta de la administración rosista. No todo se limitaba a decretos gubernamentales o estrategias militares; la vida cotidiana en sus propiedades incluía pasiones que, en ocasiones, ponían en riesgo la armonía operativa. El informe de Becar no solo hablaba de la hacienda y las tareas de la zafra, sino que dejaba constancia de cómo los sentimientos personales podían interferir en la tranquilidad de uno de los establecimientos más importantes de la Confederación. En definitiva, la historia de la estancia es también la historia de las debilidades humanas de quienes la habitaron.