En el corazón del Valle Esmeralda vivía Pip, un pequeño dragón verde con escamas brillantes y una bufanda roja a rayas. Pip estaba muy triste porque, a diferencia de sus hermanos, no podía lanzar fuego. Por más que soplaba y soplaba, de su boca solo salía un aire fresco. Sus amigos dragones practicaban quemando troncos secos para las fogatas nocturnas, pero Pip solo miraba desde lejos, ajustándose su bufanda con sus pequeñas garras. Se sentía muy diferente a los demás, preguntándose si alguna vez sería un verdadero dragón de leyenda.