Había una vez un pequeño dragón llamado Leo. A diferencia de sus hermanos, Leo no podía lanzar fuego. Sus escamas violetas brillaban bajo el sol, pero su aliento solo producía delicadas pompas de jabón. Siempre llevaba una bufanda de lana roja para no resfriarse durante las noches frescas en la cueva. Se sentía un poco triste por ser diferente, así que un día decidió emprender un viaje hacia la Montaña de Cristal. Los ancianos decían que allí se encontraba la Gran Chispa, capaz de encender el fuego de cualquier dragón que se sintiera perdido.