Había una vez un pequeño conejo blanco con un traje espacial plateado y orejas que sobresalen por el casco llamado Copito. Mientras los demás conejos se dedicaban a saltar entre las zanahorias del huerto, Copito pasaba las noches mirando hacia el firmamento con un viejo telescopio. Él no quería más vegetales; él quería tocar el brillo de plata que iluminaba el cielo cada noche. Con la ayuda de sus amigos, construyó una nave con cajas de cartón y mucha imaginación, soñando con el momento en que sus patas tocaran el polvo lunar.