Había una vez una pequeña coneja blanca con una bufanda roja de lana llamada Luna. Vivía al pie de la Gran Montaña, donde el viento siempre olía a pinos. Un día, mientras buscaba los tréboles más dulces para su desayuno, Luna encontró un camino estrecho escondido tras unos arbustos de moras silvestres. Picada por la curiosidad, decidió seguir el sendero de piedras brillantes que parecía llevar hacia lo más profundo del bosque, un lugar donde ningún otro animal se atrevía a entrar.