Leo, un pequeño conejo blanco con un traje espacial plateado y orejas que sobresalen del casco, vivía en una casita redonda en la Luna. Una noche, mientras saltaba alegremente sobre cráteres que parecían agujeros de queso, vio algo inusual brillando entre las rocas frías. No era una piedra lunar común, sino una pequeña estrella dorada que había caído del cielo y parpadeaba con mucha debilidad.