Había una vez un pequeño conejo blanco con una capa de seda estrellada y una chistera negra llamado Oliver. Vivía en el pueblo de Magilandia y era famoso por sus trucos. Una mañana, mientras ensayaba para el Gran Festival de Verano, descubrió que su varita mágica de madera de sauce había desaparecido de su pedestal. Oliver buscó debajo de su cama, dentro de sus zapatos y hasta en el tarro de las galletas, pero no la encontró por ninguna parte. Sin su varita, sentía que ya no era un verdadero mago y que el espectáculo sería un desastre total. Decidió que debía emprender un viaje hacia el Bosque de los Susurros para pedir ayuda al Gran Búho Sabio, el único que conocía los secretos de la magia perdida en todo el reino.