Lila, una pequeña astronauta con un traje plateado brillante y un casco con orejas de conejo, aterrizó su nave en la Luna de Amatista. Todo allí era de color púrpura y brillaba intensamente bajo la luz de las constelaciones lejanas. Mientras exploraba unas cuevas de cristal, encontró algo inesperado: un pequeño robot oxidado que emitía un pitido muy débil. El robot parecía haber estado allí durante siglos, esperando que alguien lo encontrara. Lila se acercó con cuidado, notando que el pequeño ser metálico tenía una de sus antenas doblada y sus ojos mecánicos estaban casi apagados. Sin pensarlo dos veces, la niña decidió que no podía dejar a aquel nuevo conocido solo en el silencio del espacio.