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Ilustración

Había una vez un pequeño robot plateado con una antena de luz roja y ruedas de oruga llamado R-4. Vivía en un asteroide gris y solitario, pero todas las noches miraba hacia el cielo infinito con gran curiosidad. Lo que más deseaba R-4 era tocar la Gran Nebulosa de Colores que brillaba a lo lejos como un algodón de azúcar gigante. Con sus pequeñas pinzas metálicas, comenzó a construir un propulsor con piezas de chatarra espacial, soñando con el viaje más emocionante de su vida y los secretos que descubriría entre las estrellas.