Bernardo, un pequeño conejo blanco con un traje espacial plateado y orejas que sobresalen del casco, vivía en una madriguera llena de mapas estelares. Una noche, mientras miraba por su telescopio de latón, descubrió algo increíble: ¡la luna no era de roca, sino de un delicioso queso amarillo brillante con grandes agujeros! Su nariz se movió con emoción y sus ojos brillaron. Sabía que no podía quedarse en la Tierra solo imaginando su sabor; tenía que viajar hasta allí para probar un trocito de aquel tesoro celestial.