Había una vez un pequeño zorro naranja con una bufanda de lana verde llamado Finnegan. Finnegan vivía en un bosque lleno de pinos muy altos que parecían tocar las nubes. Cada noche, el zorro salía de su madriguera y miraba hacia el cielo con admiración. La luna le parecía un queso gigante y brillante que colgaba justo encima de las copas de los árboles. 'Si tan solo pudiera tocarla', pensaba Finnegan mientras ajustaba su bufanda para protegerse del frío. Esa noche, decidió que no se quedaría solo mirando. Con mucha determinación, empezó a caminar por el sendero plateado que la luz de la luna dibujaba en el suelo del bosque. Sus patitas hacían un suave crujido sobre las hojas secas mientras avanzaba con paso firme hacia el horizonte.