close
Ilustración

En el rincón más gris de un mundo metálico vivía Tuercas. Él no era como los demás robots, pues en su pecho latía un suave corazón de cristal que emitía una luz cálida. Un día, mientras buscaba tornillos oxidados entre las dunas de chatarra, encontró algo asombroso: una pequeña semilla que brillaba con todos los colores del arcoíris. Aunque sus circuitos lógicos le decían que las plantas no podían crecer en un suelo de hierro, algo en su interior le susurró que debía protegerla. Con mucha delicadeza, la sostuvo entre sus manos metálicas, sintiendo una vibración mágica que recorría sus cables. Aquella semilla no era de este mundo; era un fragmento de estrella caído del cielo.